

La habitación de mi hijo evoluciona con su edad, como es lógico. De ser un cuarto con mesa y sillitas de ikea pasó a ser un cuarto con escritorio y silla con ruedas, y los juguetes y cuentos infantiles fueron dejando paso a comics, manga, lego, psp, libros, internet (ay). Los peluches fueron abandonando su lugar sobre la cama para ir arrinconándose en una estantería, y pasar luego a un cesto, cada vez menos visibles...
Ayer los saqué a todos para darles un lavado, y no pude evitar pensar que algún día apenas tendrán cabida en la casa de un hombre joven. Les hice fotos, y me di cuenta de que asi han quedado inmortalizados.
Yo no guardo en mi casa ningún peluche mío, ninguna muñeca, ningún juguete. Las mudanzas de la vida hacen difícil conservar tantos objetos cargados de pasado, que aunque amados hay que ir dejando atrás.
